En los últimos años, y más intensamente en los últimos días, los madrileños han compartido una ilusión que se ha contagiado a toda España y que ha sido unánime independientemente de ideologías o regiones de procedencia, y creo que no es en absoluto exagerado el uso del término unánime. Si bien es cierto que ha exisitido, como siempre existe, una minoría anti Juegos esta no llega a ser lo suficientemente representativa y su movimiento responde, desde mi punto de vista, basicamente y en líneas generales a la siguiente premisa: los Juegos es lo de menos, la situación de las arcas del Ayuntamiento no importa, de lo que se trata es de Alberto Ruiz Gallardón.

En movimiento anti Madrid 2016 ha sido básica y fundamentalmente una pataleta anti Gallardón. Y es que resulta que un buen día un periodista que acababa de abrazar el liberalismo nos dijo que aquí teníamos que ser todos liberales de libro, liberales del siglo XIX, y decidió que el Alcalde de Madrid no entraba en esos parámetros, como no entra absolutamente nadie en pleno siglo XXI. Algunos le creyeron y crucificaron al Alcalde que además, válgame Dios, no ocultaba una ambición política que todo político y periodista tiene pero no se atreve a confesar. Pero a pesar de los pesares, esto no fue lo peor. Lo peor es que el Alcalde denunció al periodista ante los tribunales y ganó, algo que nunca perdonó el comunicador que, aferrado al liberalismo decimonónico recién descubierto, lanzó a sus seguidores contra el Alcalde, seguidores que se ofrecieron a luchar en lo que no es una guerra política ni mucho menos ideológica, sino personal. Y ahí entran los Juegos Olímpicos y el supuesto éxito del Alcalde en caso de traerse la antorcha a casa.
A mí realmente me parece muy triste que se frivolice, se relativice y se desprecie el mayor evento cultural del planeta por una guerra de personalismos que ni nos va ni nos viene. El beneficio económico directo que supone el acoger tamaña celebración mundial es indudable y está plenamente acreditado, pero es que además están los beneficios indirectos, que son mucho mayores y persistentes en el tiempo. Me refiero al beneficio que se desprende de toda campaña publicitaria: la promoción de una imagen positiva destinada a un target en concreto. Aumento del turismo, aumento de las inversiones extranjeras, el auge de Madrid como destino de convenciones internacionales... todo ello y tantísimas otras derivaciones positivas que olvido o ignoro se desprenden de la promoción durante quince días de una imagen de modernidad y solvencia de la que se han beneficiado todas las ciudades que han acogido unos Juegos Olímpicos. Estamos hablando de lograr en quince días resultados mayores a los que logran todas agencias gubernamentales, regionales y locales dedicadas a promocionar el turismo y la inversión en años. Estamos hablando de la mayor campaña de publicidad positiva que puede recibir hoy en día una ciudad, y quien ponga en duda los efectos de la publicidad realmente no sabe de lo que está hablando.
Si aún así se sigue calificando de improductivos a los Juegos Olímpicos y por ello se les condena, eliminemos cualquier otra manifestación cultural tanto o más improductiva que los juegos. Derrumbemos las catedrales y monumentos que no suponen más que gastos de mantenimiento. Cerremos los museos y acuariums porque no generan suficiente dinero como para mantenerse por sí mismos, sequemos los jardines que suponen un altísimo gasto, y por supuesto, dejemos de despilfarrar millones del erario público en eventos deportivos que van de la Liga de fútbol a los Mundiales. De hecho, acabemos con el deporte como evento de masas. Y no solo con el deporte, sino con todas aquellas manifestaciones culturales tan nuestras, tan españolas, que suponen más gastos que beneficios; empecemos a fiscalizar lo que nos cuesta la celebración de las Fallas, la Semana Santa y los San Fermines y finiquitemos todo gasto público que no genere un beneficio puramente económico e inmediato.
Y después de esto, si queremos hablamos de deudas, zanjas, impuestos y demás clichés de los que hablan precisamente quienes no viven en Madrid y que no son más que unas de esas excusas necesarias para desacreditar a Alberto Ruiz Gallardón. Nadie que haya leido de vez en cuando este blog puede tomarme por gallardonista, pero sabrá que soy de los que separan la paja del grano y llaman a lo que es pan, pan, y a lo que es vino, vino. Dudo mucho que quienes se quejan de las zanjas en una ciudad a cientos de kilómetros de su casa quieran pasearse en burra por la suya, porque señores, qué mal hacen las zanjas cuando después disfrutamos de una red de transporte público que es la envidia de Europa, o de un sistema sanitario magnifico, o de una cantidad de jardines, plazas y parques que sorprenden a quienes hemos vivido -y comparado- en otras ciudades de España y del mundo. Que me comenten los antiGallardón que quieren privar a los madrileños de unos Juegos sobre las deudas de otras regiones y ayuntamientos, y que me comparen los parámetros económicos y la calidad de vida de esas localidades con Madrid. Y después de todo esto y para compensarme por haberme obligado a defender con tanta contundencia a Ruiz Gallardón, no estaría de más que me reconociesen cuáles son las necesidades, compromisos y responsabilidades únicas y exclusivas que cómo Capital del Reino y casa de más de tres millones de personas llegadas de toda España y de todo el mundo tiene Madrid, cuál ha sido el trato que, en términos financieros y de inversión, ha recibido desde 2004 por parte del Gobierno central, y cómo aún así Madrid, ciudad y región, se han configurado como el principal polo económico del país, la economía más dinámica y uno de los diez centros económicos más importantes del mundo.

Pero por encima de todo, por encima de Gallardón, de Losantos y de las consideraciones económicas y culturales, podríamos poner las sentimentales. Por encima de todo está la población de una ciudad que se ha movido entre el maltrato y el desprecio de nuestros gobernantes. Una ciudadanía resignada que no ha dicho ni mú cuando otras ciudadades y otras regiones se llevaban el dinero y los mimos. Una ciudad que te acoge con los brazos abiertos vengas de donde vengas y hables la lengua que hables ¿pueden otras ciudades de España decir lo mismo? Una ciudadanía viva y alegre que disfruta de la calle, de su ciudad, de las mil y una oportunidades culturales que las administraciones locales ponen a su servicio no sin esfuerzo, proporcionando aquello que desde Moncloa se les niega y sin embargo da a otras ciudades. Hablamos de unos ciudadanos, los madrileños, con un espíritu cívico inigualable, comprometidos políticamente que han respondido y han salido a la calle siempre que la defensa de la libertad lo ha requerido, y por todo ello, si España se merece unos Juegos Olímpicos, los madrileños se lo merecen aún más.