No es la primera vez que ocurre, pero ha sido la última. Hasta ahora. Francisco Camps dimitía ayer como presidente de la generalidad valenciana al tener que sentarse en el banquillo acusado de haber recibido un puñado de trajes. Según quienes acusan, el delito de Camps es que unos canallas le hicieron regalos para ganarse su favor, le pelotearon, sin haber sido probado que el ya ex presidente hiciese uso de su posición para devolverles el gesto. Pero así es la política, un escenario en el que sus actores deben estar sometidos a unas reglas mucho más estrictas que el resto de los ciudadanos. La dimisión de Camps no solo libera a Rajoy y despeja el camino del PP a la mayoría absoluta sino que pone el foco sobre el partido socialista y su candidato, sobre el que pesan desde hace décadas sospechas y acusaciones muchísimo más graves que las que pesan sobre Camps. No sin razón, el PP recomendaba a Rubalcaba (mudo cuando de lo que se habla es de corrupción) una chupadita de la medicina que ha probado Camps. Sobre los subordinados de Camps pesa la sospecha de haberse dejado pelotear, sobre los subordinados de Rubalcaba pesa la acusación de haber colaborado con banda terrorista. Sobre Camps pesan un puñado de trajes, sobre Rubalcaba el terrorismo de estado y el chivatazo a ETA. Pero Rubalcaba es solo la punta de flecha de la trayectoria del PSOE. Ahí sigue Chaves, ahíestá Griñán, ahí encontramos tantos diputados, senadores, alcaldes y concejales sobre quienes pesan durísimas y gravísimas acusaciones mientras los dirigentes socialistas miran para otro lado. Otro ejemplo: mientras José Ramón Bauzá limpiaba las listas del PP balear de imputados, el PSOE presentaba a un imputado como candidato en Ibiza.
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